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Pregón del XXVII Día de Embellecimiento del Pueblo Orgaz,
7 de agosto de 2010

María Gómez Fernández-Cabrera




Buenas noches:

Cuando hace unas semanas me propusieron que fuera la pregonera de este acto, lo primero que se me vino a la cabeza fue pensar en que yo no reúno ninguna cualidad ni mérito para aceptarlo; que soy simplemente una vecina de la calle Rejas Verdes, como cualquiera de la Puerta Mora, de la calle del Beato Ruiz de los Paños –aunque cada vez quedan menos-, o de la calle Labradores. Por eso le dije a mi primo Paco, que fue el encargado de trasmitirme la propuesta de la directiva de la Asociación, que me dejara un tiempo para pensarlo.

En los pocos días que me tomé para decidirme, le di muchas vueltas y tengo que confesar que el pudor era un freno que me atenazaba, pues soy consciente de que tomo la palabra en un acto en el que me han precedido personas realmente ilustres y eruditas. La primera que se me vino a la mente fue Román López Guerrero, quien nos deleitó con sus entrañables recuerdos del vivir más añejo de Orgaz.

María Gómez
María Gómez. Foto:Santiago Gómez

Si me hubiera dejado llevar por estas cavilaciones, puedo aseguraros que hoy no estaría sentada aquí, sino ahí entre vosotros, como he hecho en años anteriores. Pero, venciendo ese pudor al que antes me refería, llegué a la conclusión de que tengo, no el mérito, sino la suerte de haber nacido en Orgaz, hecho que creo, y sé, que todos y cada uno de nosotros guardamos como un tesoro en los más íntimo de nuestra identidad, en lo más hondo de nuestro sentido de pertenencia.

Soy orgaceña de pura cepa y eso –creo- me avala para pronunciar este pregón, como podría hacerlo con el mismo derecho cualquiera que haya nacido en nuestro pueblo. Pues, por encima de erudiciones, méritos extraordinarios y capacidades sobresalientes, la historia la construimos los individuos, aunque no todos quepamos en los libros de historia.

Por eso creo que, si rememoro algunos de mis recuerdos, os relataré retazos de la historia más cotidiana de Orgaz. No traigo en estos papeles relatos asombrosos de moras encantadas, fantasmas ensabanados, inundaciones del Riánsales o gestas guerreras. Quiero compartir con vosotros algunas de las vivencias que guardo en la memoria, prosaicas e insignificantes, pero que resultarán nostálgicas para muchos, por contemporáneos, y en algunos casos sorprendentes para los más jóvenes.

Como muchos de vosotros sabéis, y se ha dicho en la presentación, yo soy maestra. Esta profesión ha llenado toda mi vida y en ella me he visto realizada como persona. Es inevitable, por tanto, que esta circunstancia aparezca quizás de forma reiterada en mi alocución, auque seguramente me servirá para esbozar algunas diferencias significativas entre el ‘entonces’ y el ‘ahora’, pero sin ánimo –lo confieso desde ahora mismo- de concluir en que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Uno de los primeros recuerdos que se me vienen a la cabeza tiene que ver, precisamente, con la escuela, o, en este caso, con el Colegio de las Monjas. Corrían los tiempos de la posguerra, y la mayoría de las alumnas, en invierno, acudían cada mañana a clase con su braserilla para calentarse. Mis hermanos y yo no la llevábamos porque, como éramos tantos, mi madre no tenía tiempo de preparárnosla a todos. Pero a mi no me importaba, porque lo que nos gustaba realmente de la braserilla no era tanto el calorcito que daba a los pies en la clase, sino lo bien que lo pasábamos por la calle Francos dándole vueltas con ímpetu y haciendo chisporrotear las ascuas de dentro. Las que no la llevábamos, también lo disfrutábamos porque siempre había alguna amiguita, como Josefina Gómez, Carmen Condado, Olvido Vallejo y otras que me la dejaban.

De la braserilla me acordaba yo cuando, hace años, mis alumnos de Sonseca hicieron huelga porque se había estropeado la caldera de la calefacción del Colegio. ¡Cómo han cambiado los tiempos!

Luego llegábamos a la clase, con la madre Paz, que en paz descanse, con todos los alumnos a granel. Porque cuando eran pequeños también admitían niños, hasta que se hacían un poco mayorcitos.

Siempre que me encuentro con Roberto Molero me recuerda que yo fui su primera compañera de pupitre en el colegio de las Monjas.

¡Como he valorado durante mis años de docente el trabajo de la madre Paz y el de otros maestro que me prepararon para el bachillerato: don Julián, don Pedro, don Antonio y don Jesús. ¡Con qué cariño los recuerdo! Después de dar sus clases en una escuela unitaria con 40  o 50 alumnos, a medio día y por la tarde continuaban con nosotros, los de bachillerato. Sólo éramos tres niñas y los demás niños, porque entonces éramos pocas las niñas que hacíamos el bachillerato. Después, yo he llegado a trabajaba en un centro de línea 8. Quiere decir que había 8 clases de primero, 8 de segundo, 8 de tercero, de cuarto, etc., con lo cual sólo daba clase a alumnos de un sólo curso,  de una sola edad y de una sola asignatura. ¡Cómo recordaba entonces a la madre Paz con la galería (que así llamábamos a la clase, que aún existe) llena de niñas y de algunos niños de todas las edades.

 ¡Qué listos debíamos ser los niños de entonces! Hay que ver lo que aprendíamos con tan pocos medios.

Pero es que tus padres te lo exigían y también tenían tiempo para ayudarte. Yo recuerdo aquellas noches de invierno sentados en la camilla al calor del brasero a mi padre haciendo conmigo cuentas de dividir por varias cifras, y después con mis hermanos, mientras mi madre hacía la cena. Después de cenar, a rezar el rosario y todos a acostar temprano. Me imagino que era el único rato de tranquilidad que mis padres tenían después del jolgorio de tanto crío.

Seguro que algunos estaréis recordando cuando os calentaba vuestra madre la cama con el brasero. Pero tengo que deciros que mi madre sólo calentaba las cunas (en mi casa siempre había dos). A los mayores nos decía que hiciéramos un sacrificio al Niño Jesús y no nos la calentaba. Porque durante el Adviento preparábamos la canastilla al Niño Jesús haciendo sacrificios. Pero no pasábamos frío porque nos acostábamos dos en cada cama y nos dábamos calor. Yo dormí con mi hermana Rosario hasta que ella se casó. Además, teníamos en la cama tres cobertores, que pesaban lo suyo. Pero nos arropábamos bien y no asomábamos ni la nariz, porque si respirabas fuera de los cobertores se condensaba el vaho de la respiración.

Y al mencionar a mi hermana Rosario me acuerdo de cuando se tragó un lápiz en el Colegio. Me mandaron las monjas con ella a mi casa y, por el camino, le iba dando pescozones: ¡Ahora te vas a morir, so tonta!, le decía, mientras las dos íbamos llora que te llora. Si hubiera sido hoy, lo menos que hubiera intervenido es una ambulancia y, según qué padres, hasta el Juzgado.

Pero, bueno; sigo con lo que estaba: antes de hacerse de noche, ¡cuánto jugábamos en la esquina de mi casa todos las niñas de la Calle Mora y la Puerta Mora! Entonces no nos estorbaban los coches. Sólo teníamos que apartarnos cuando volvían las yuntas de mulas o las galeras en el verano. Lo divertido que era robar un racimo de uvas de las seras cuando los carros hacían cola para descargar en el lagar de al lado de mi casa. Y cuando íbamos a coger espigas de trigo para, después de mondarlas, comernos los granos. Con una condición: sólo podíamos coger siete espigas, porque si cogíamos más de ese número  era pecado.

Y muchos de vosotros recordaréis que teníamos una época del año para cada juego. Una temporada jugábamos al pité, otra a la comba, otra a la roma, otra a las tabas… (No es por presumir, pero mi hermana Rosario y yo teníamos más tabas que nadie porque nos las daba mi abuelo Santiago, que era carnicero). También jugábamos a los alfileres y nuestras madres nos hacían lo que llamábamos una cartera para clavar los alfileres que ganábamos. A mi las carteras me las hacía mi abuela Víctar, porque mi madre bastante tenía con siete alrededor.

Y volviendo a mi profesión de maestra, os contaré los recuerdos que vinieron a mi mente el día que me vi en un aula con diez ordenadores dando clase de Lengua. Hace ya muchos años de esto. Los ordenadores no tenían ratón. Funcionaban con las teclas F1, F2, etc. Y allí estaba yo, que aprendí a escribir con la pizarra y el pizarrín, y después en los cuadernos que traían por detrás la tabla de multiplicar. Sin duda el mayor acontecimiento en el aprendizaje de la escritura era cuando empezábamos a escribir con tinta. Más de uno de vosotros se acordará de los tinteros de china blancos que encajaban en un agujero que tenía el pupitre en el centro y la tinta que hacíamos con una pastilla disuelta en un litro de agua. ¿Recordáis las plumas de pico pato? Mi tío Avelino las vendía en el estanco y había que tener mucho cuidado para que no se despuntaran, porque no se podía comprar una pluma todos los días. Por supuesto, no existían los bolígrafos. ¡Con qué ternura recuerdo la pluma estilográfica que me regaló mi padre cuando empecé a estudiar Magisterio!

Casi al final de mi andadura profesional empezaron a impartirse en el colegio clases de sexualidad. Las impartían sicólogos y sexólogos. ¡Igualito que cuando yo me criaba: los niños venían del Socorro, sin más explicaciones. Tengo muy grabadas en mi memoria las ocasiones en las que, al volver del colegio, una de mis abuelas me dijo: te ha traído tu padre un hermanito del Socorro. Porque, excepto los dos últimos, que nacieron por la noche, los demás nacieron mientras yo estaba en el colegio. Yo preguntaba a mi abuela ¿y por qué está mi madre en la cama, está mala? Y mi abuela me aclaraba que era porque tenía que dar calor al niño, ya que el bebé los primeros días no estaba en la cuna, sino con la madre en la cama. Yo estaba tan convencida de que los niños venían del Socorro que me los imaginaba detrás de la cortina roja (entonces no había vidriera) y alguna vez estando rezando a la Virgen los oí llorar. Y hablando del Socorro, qué bonitos recuerdos tengo de cuando después de haber salido mi madre a misa a los 40 días del parto íbamos ella, mi padre y todos los hermanitos a ofrecer el niño a la Virgen. Parece que nos estoy viendo a todos de rodillas en las gradas del altar y el niño reclinado en él. Previamente la “socorrera” había traído una almohadita para apoyar la cabeza del niño.

En este momento, me vais a permitir que reivindique el uso del término “socorrera”. Me da mucha pena que en los programas de las fiestas de la Virgen últimamente se le llame santera. No es el momento de entrar en disquisiciones de léxico y semántica, pero nadie discute que es correcto el uso de los localismo y están admitidos por la Real Academia de la Lengua. Eso sí, no hay que confundirlos con los vulgarismos.

Algún joven que me esté escuchando pensará que cuando llegas a cierta edad, sólo sabes hablar del pasado, pero no es mi caso. Como he dicho al principio, yo no estoy de acuerdo con el poeta Jorge Manrique cuando dice que “a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor”. Pienso que fue mejor en unas cosas y peor en otras. Y si me hubieran dado a elegir, yo hubiera elegido nacer en estos tiempos. Eso sí, con los mismos padres y los mismos hermanos.

Una vez dicho esto, y siendo nieta del tío Paco  el  calero, no puedo dejar de hablaros de algo tan genuinamente orgaceño como son la cal y los caleros. (En la foto está mi abuelo, a la derecha de la imagen, con sus hermanos Víctor y Antonio, que también eran caleros). No son pocas las familias de Orgaz que cuentan con caleros entre sus antepasados. Y para todos  ellos quiero tener hoy un recuerdo entrañable.

Parece que estoy viendo la casa de mi abuela Mercedes, muy humilde y acondicionada en función del oficio de mi abuelo Paco. Nada más entrar en la casa, en el patio, a mano derecha, estaban el pozo y la pila donde mi abuelo daba de beber a los borricos (y no digo burros ni asnos, ni jumentos, que es más fino, porque los caleros decían borricos). Al lado del pozo había una puerta, la de la cocina, y a continuación el calero, una especie de portalón donde siempre había un montón de cal que mi abuela vendía a las vecinas y no tan vecinas: a cualquier mujer que necesitara cal para jalbegar. Después estaba el corral con la cuadra para los borricos. La cuadra tenía una cosa muy curiosa, y era un ventanillo que daba al comedor de la casa; o sea, que cuando mi abuelo estaba sentado en la banca al brasero, estaba vigilando a los borricos, porque, para el calero, estos animales eran como de la familia. 
Él iba a vender la cal a Nambroca, y siempre paraba en un convento de frailes. ¡Cuántas veces le he oído contar la misma historia de los frailes!:
“En el convento paraba a dejar la carga o a descansar. Y, nada más llegar, salía el lego y  me decía:
-¿Calerito, has ‘almorzao’?
 Y yo decía, sí ‘u’ no, según”. Según le convenía, claro.

¡Qué vida tan sacrificada la del calero¡ Por el día hornando, toda la noche quemando, y cuando la carga estaba dispuesta, de madrugada, salir con los borricos y los serones de cal con destino a cualquier pueblo de la provincia.

Pregón vista general
Pulsar para ampliar tamaño de la foto Vista general del acto. Foto:Santiago Gómez

Me gustaría hacer una llamada desde aquí para que nuestros jóvenes y niños no olviden y aprendan en qué consistía el oficio de calero y para qué usábamos la cal. En toda las casas había un cubo o una caldereta para echar la cal en agua. Yo todavía la tengo y la uso cuando hay que jalbegar las cuadras y el corral de mi casa. Pero antiguamente se usaba todos los días, porque, como se guisaba en fuego bajo y no estaban las cocinas alicatadas, todos los días, después de fregar los cacharros, había que dar el humero. ¡Lo que trabajarían nuestras abuelas, que tenían el humero más blanco que el ampo de la nieve! Lo mismo que el patio, el corral, la fachada; toda la casa estaba jalbegada.

Os podría contar muchos más recuerdos. Por ejemplo, cuando en el verano iban mis hermanos y mis primos con mi tío Maximino a llevar la cena a mi abuelo a la calera, y pasar un rato allí con él. La calera que yo recuerdo estaba en la carretera de Yébenes, un poco más allá de donde hoy está el Tanatorio, y bastante antes de la calera de “Los Huraños”, que afortunadamente aún mantiene sus hornos y donde todavía se hace cal, aunque muy de tarde en tarde.

Qué gran acierto el del Ayuntamiento al erigir un monumento al calero. Porque supongo que, efectivamente, el monumento está dedicado al calero y no al oficio “de el calero”, como dice en la placa, con error gramatical incluido.

El origen de la fabricación de la cal se pierde en la noche de los tiempos y en los afanes de las civilizaciones más remotas. Pero, por lo que se refiere a Orgaz, los primeros datos documentados de la existencia de caleras se remontan a principios del siglo XIV, cuando el IV Señor de Orgaz, Gonzalo Rui de Toledo, dona a la villa unas caleras de su propiedad que tiene en Orgaz para hacer más llevaderos a los orgaceños los pagos que les había impuesto y debían hacer a la Parroquia de Santo Tomé de Toledo.

Al menos desde entonces, y hasta hace 40 o 50 años, Orgaz ha sido un pueblo de caleros. Medio centenar largo de orgaceños se afanaban cotidianamente en arrancar a la tierra la piedra caliza con la que armar un horno de arquitectura prodigiosa. El fuego purificador se encargaba de convertirla en un elemento imprescindible en la vida cotidiana del hombre durante miles de años: la cal. Un producto que lo mismo subía a las torres más altas que entraba en las casas más humildes. A todos los rincones llegaba la bendición de la cal.

Tiempos hubo en que Orgaz se convertía por la noche en una luciérnaga, con los puntos luminosos de las abundantes caleras ardiendo en la parte sur de los alrededores del pueblo, donde abunda la piedra caliza. Pero el devenir de los tiempos fue cegando los hornos y ocupando a nuestros caleros en otros menesteres.

La desidia nos avoca a que asistamos impasibles a la desaparición de una pieza fundamental de nuestra cultura. Nuestra desidia y la de los responsables de la salvaguarda de nuestro patrimonio.

Nada parece más razonable que el empleo de materiales originales para la restauración de monumentos. Esa podría ser una primera vía para la supervivencia de las caleras. Afortunadamente en Orgaz quedan que, aunque ya mayores, podían enseñar el oficio. Y muchos jóvenes que, si el proyecto es atractivo, estarían dispuestos a aprenderlo.

Mientras tanto, se hace perentoria la necesidad de preservar al menos una calera, testimonio de lo que ha sido identidad de los orgaceños. Identidad tan arraigada que ha generado un rico vocabulario especifico del oficio, al que quiero referirme en una sucinta descripción del proceso de la elaboración de la cal.

Los caleros “quemaban” la cal el los hornos que habían construido allí donde la tierra guardaba la materia prima y donde permanecía la calera hasta que se agotaba el yacimiento o “sacaizo”.

El horno se excavaba en el suelo en forma circular y se revestía de ladrillo. La parte superior se remataba con un cerco de piedra llamado “petril” o “ristro”. En su interior, a unos 60 centímetros del suelo, un poyete o “poyal” serviría de base para la colocación del “caliche” y marcaría también el espacio de la “calderuela”, donde se produciría la combustión, que alcanzaría temperaturas no inferiores a los 800 grados centígrados.

En un lateral del horno, una rampa excavada en el suelo daría acceso a la boca del horno, orientada hacia el norte para resguardarse de los vientos dominantes. Se trataba de una puerta adintelada con piedras de granito, que recibían el nombre de “caminal”, y que comunicaban directamente con la “calderuela”. Desde la rampa o “servidor” es desde donde se suministraba el combustible para la cocción.

Con el horno listo, el calero se aplicaba en la extracción  de la piedra del “sacaizo” con el “garrayo” –un pico de una sola punta- y la transportaba hasta las proximidades del horno disponiéndola en “hileras”.

Al mismo tiempo se aprovisionaba del combustible para “quemar”. Los “leñeros” llevaban a las caleras sus cargas de leña, que podían ser de jara, ramón, sarmientos, etc. aunque últimamente se impuso la hojuela como combustible principal.

Y llegaba el momento de “hornar”. El calero, por fin, podía dedicarse a “armar” el horno. Situado en la “calderuela”, colocaba sobre el poyal primero las “armaeras”, las piedras más grandes y que sirven de base para armar el horno. Entre estas y la pared del horno se colocaban los “trasquilones”, que eran de tamaño mediano, y después los “regulares”, más pequeños. Los huecos que iban quedando entre las piedras se rellenaban con los “gordos”, que, paradójicamente, era la piedra de menor tamaño, la más menuda. Para este menester, el calero contaba con sus manos como única herramienta; con sus manos y con su destreza, pues la disposición de la piedra había de permitir que el horno “respirase” durante la quema, que toda la piedra se cociera por igual, y que aguantara las inclemencias del fuego sin hundirse.

Una vez cubierto el “poyal” con el primer “reor” –así se llamaba cada vuelta de piedras que se colocaba en el horno-, el calero iniciaba un segundo “reor”, pero colocando las piedras en la inclinación contraria y sacándolas hacia el centro del horno para ir dando forma a la falsa cúpula en que quedaría conformado cuando estuviese terminado.

Según se iban “echando reores” y el horno crecía en altura, el calero iba depositando en la “calderuela” leña que le serviría de andamio para continuar el trabajo, y también para el encendido del horno. Cuando ya no era posible hacerlo desde el interior, continuaba “echando reores” desde el exterior del horno hasta que la cúpula se cerraba. El armado del horno concluiría con el “manto”, capa de cantos que cubría toda la piedra caliza.

Ya sólo le quedaba al calero montar el “bardo”, un parapeto que antiguamente se hacía con haces de leña y que protegía al horno de los vientos, enemigos de una equilibrada cocción de la piedra. La leña del “bardo” fue sustituída por chapas, pues aquella solía salir ardiendo con facilidad.

Casi con la misma facilidad con que la “chamá”, el lecho de leña que quedaba en la “calderuela” del horno, y que respondía al estímulo de la cerilla que aplica el calero cuando daba comienzo a la “quema”. Se iniciaba así el proceso de cocción de la piedra caliza que, en función de la calidad de esta, se habría de prolongar entre 12 ó 16 horas. El calero debía alimentar  de manera constante el horno sirviéndose de la “horquilla”, si era leña el combustible,  o de la pala corta si era “hojuela”. Y debía vigilar la correcta distribución del fuego  para que la piedra se “quemara” de manera uniforme. Para este menester el calero tenía en la “hurga” la herramienta adecuada.  Se trataba de una larga barra metálica terminada en ele y con un astil de madera en el otro extremo que se utilizaba para remover las brasas. Es decir, para hurgar en el fuego.

Cuando el calero observaba en el interior del horno que la piedra se iba fundiendo, era el momento de dar por terminada la quema. Las brasas languidecían y, cuando el horno se enfriara, sería el momento de vaciarlo  y llenar los serones.

Pregón mesa presidencial
Pulsar para ampliar tamaño de la foto Un momento del Pregón. Foto:Santiago Gómez

Para terminar, me vais a permitir que lea un texto del libro de mi hermano Jesús,” La Villa de Orgaz”, que seguramente muchos de vosotros ya conoceréis, pero que me  resulta particularmente entrañable ya que está dedicado a la memoria de nuestro abuelo Paco.
 
Hoy quiero que este texto  sea, con permiso de mi hermano, un homenaje a todos los caleros de Orgaz.

Dice así:

“Hoy el calero lleva la cal a Nambroca. Con las primeras luces, caminando a la vera de su reata, toma el camino de Toledo, pasa por delante de la Ermita del Socorro, donde está la Patrona de Orgaz, y como siempre que por allí pasa, detiene la reata y se asoma por el ventanuco de la Ermita, se santigua, se vuelve a colocar la gorra y sigue adelante.

 A la vera del camino, ya levantado bien el sol, las uvas brillan en las cepas y lucen un color tan atractivo, que el calero no resiste la tentación. Hoy para el desayuno hay uvas frescas.

 Mediada la mañana, el arriero y sus jumentos, avistan las primeras casas de Nambroca. Comenzando a entrar el caserío nuestro hombre vocea “¡El caleroooo!", ¡ Cal de Orgaz!, ¡El caleroooo!” . Mas adelante, detenida la reata ante una fachada bien encalada, se adentra en un zaguán diciendo "El calerooo", María, ¿quieres caaaaaal?". Y María sale con la escoba en la mano, se saludan, se preguntan por los conocidos, y por supuesto que María quiere cal. Más adelante en su callejeo por el pueblo se encontrará con el alguacil municipal al que pagará su tasa por la venta de cal en el pueblo.

En la vecina Sonseca existe el dicho "Lo saben hasta los caleros de Orgaz". Y es que la vida discreta y abnegada del calero, tiene en estos días de venta su lado más humano y gratificante: tratan y conocen a las gentes de los pueblos de la comarca y comparten con ellos los avatares de la vida diaria. El calero sigue deambulando por las calles del pueblo, voceando su mercancía. La última carga de cal, sabe el calero dónde llevarla. El convento de Nambroca, en la finca Rumaila, necesita la cal para mantenerse digno como corresponde, y además, los frailes, que aprecian al tío Paco, siempre tienen para él, además de buenas palabras, un buen vaso de vino y un bocado que echarse a la boca.

Cruzando el portalón del convento, ya se oye, desde la cocina, la voz del lego: "calerito ¿has almozao?". Y entre el bocado y la charla, en el convento descansan y se reponen el calero y también sus borricos. Les queda el camino del regreso, que emprenderán pasados los calores del mediodía.

A lomos del primer burro - a la vuelta se libra de hacer el camino andando- el calero conduce la reata, contempla el paisaje, saluda a algún que otro campesino, y piensa en llegar a casa, en descansar y en ver a los suyos. El calor aprieta, y al pie del camino la "peña manaera", es un reclamo de frescor que cualquiera que pase a su vera no puede resistir. Un trago y camino adelante.

De nuevo pasa por delante de la ermita del Socorro, y esta vez, en contra de la costumbre, la reata no se detiene. Pero la Virgen no se enfadará..., nuestro calero, cansado, duerme tranquilo, mecido por el ritmo del parsimonioso trote del burro. Y aunque duerma su dueño, el burro que va en cabeza, conoce el camino, sabe que debe pasar por debajo de El Arco de la que fue muralla árabe, llegar a la Plaza y enfilar la calle Francos”.

Máría Gómez Fernandez-Cabrera.
Orgaz, 7 de agosto de 2010

 

El Pregónen la prensa:

 


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Creación: Agosto 2010 / Última modificación:

 

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